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Cultura

Una columna de opinión alerta del riesgo de controlar las ideas en la educación

Foto: elperiodicodeaqui.com

El texto, publicado en la edición Camp de Morvedre de El Periódico de Aquí, defiende la curiosidad y el pensamiento propio frente a quienes deciden qué ideas pueden circular en las aulas.

La expresión «policía educativa» no designa ningún cuerpo real, sino una tendencia: la de decidir de antemano qué se puede aprender, qué preguntas son legítimas y cuáles conviene evitar. Así lo plantea una columna de opinión publicada por El Periódico de Aquí en su edición del Camp de Morvedre, que reflexiona sobre los límites entre orientar y controlar en el ámbito educativo.

Según el argumento del texto, educar no debería consistir en marcar un único camino, sino en acompañar a los jóvenes mientras descubren que existen varias formas de entender la realidad. La curiosidad, cuando se trata como una sospecha en lugar de una virtud, es la señal de que ese control ha empezado a imponerse sobre el aprendizaje.

La columna recurre a una imagen sencilla: las plantas que crecen en las grietas de las aceras no siguen ninguna instrucción, simplemente buscan la luz. Las personas, sostiene el autor, necesitan referencias y orientación, pero también margen para equivocarse y aprender de ello; sin ese espacio, cualquier proceso formativo queda incompleto.

El texto advierte de que la voluntad de controlar las ideas suele presentarse con buenas intenciones —proteger a los más jóvenes, evitar errores, formar ciudadanos responsables—, pero recuerda que algunas de las mayores restricciones a la libertad de la historia se han justificado también en nombre del bien común. Las jaulas más eficaces, dice, no siempre tienen barrotes visibles.

Los debates sobre libros, lenguas, historia o tecnología esconden, según la columna, una pregunta de fondo: quién decide qué es importante, qué debe recordarse y qué puede olvidarse. Ese control se confunde a veces con autoridad, como si educar significara seleccionar las únicas ideas que pueden circular.

El autor no pide rebeldía sistemática ni aceptación acrítica de cualquier novedad, sino que insiste en la necesidad de observar, escuchar y pensar por uno mismo, aunque ese ejercicio resulte incómodo. Defiende también la diversidad de lenguas y perspectivas: cada lengua ofrece una manera distinta de mirar el mundo y, cuando una mirada desaparece, la realidad se vuelve más estrecha.

La columna cierra con una idea central: la «policía educativa» no es tanto una norma como una tentación humana, la de controlar en lugar de acompañar, dirigir en lugar de escuchar e imponer en lugar de confiar. Frente a ella, propone conservar la curiosidad como forma de libertad, entendida no como poder decir cualquier cosa, sino como mantener la mente abierta para seguir aprendiendo durante toda la vida.

El planteamiento conecta con un debate que se repite en distintos ámbitos y que también resuena entre las familias y los equipos docentes del Camp de Morvedre: hasta qué punto un centro educativo debe limitarse a transmitir un temario cerrado o debe dejar espacio para que el alumnado formule preguntas incómodas. Cuando una escuela, un instituto o una biblioteca deciden qué lecturas recomendar o qué actividades organizar, están tomando decisiones pedagógicas legítimas; el riesgo que señala la columna aparece cuando esa selección se convierte en la única alternativa posible, sin margen para el contraste de ideas ni para el error.

La reflexión también tiene una dimensión práctica para quienes acompañan procesos de aprendizaje fuera del aula: familias, monitores de actividades extraescolares o asociaciones vecinales que organizan charlas y talleres. La misma tentación de controlar de antemano qué se puede decir o preguntar puede aparecer en cualquier espacio donde se comparta conocimiento, no solo en la escuela reglada. Reconocerla, según el argumento de la columna, es el primer paso para evitarla: no se trata de suprimir toda norma u orientación, sino de distinguir entre marcar un rumbo y cerrar el paso a cualquier otro.

El texto invita, en última instancia, a mirar hacia dentro antes que hacia fuera: la «policía educativa» no es solo una figura externa que impone límites, sino también una tentación interna, la de simplificar la realidad reduciéndola a una sola versión aceptable. Frente a esa simplificación, la columna reivindica la incomodidad de las preguntas sin respuesta fácil como parte necesaria de cualquier proceso formativo, tanto en la infancia como en la edad adulta.

El propio texto conecta este argumento con el debate sobre las lenguas, que en la Comunitat Valenciana tiene una traducción muy directa: no se trata solo de qué libros se leen o qué preguntas se permiten, sino también de en qué idioma se enseña, se pregunta y se piensa. Cerrar esa pluralidad lingüística, sostiene la columna, empobrece la manera de entender el entorno tanto como cerrar el acceso a determinadas ideas. En un territorio como el Camp de Morvedre, donde conviven el castellano y el valenciano en las aulas, esa reflexión no es solo teórica: cada vez que se decide qué lengua tiene prioridad en un aula o en una actividad, se está decidiendo también qué mirada del mundo se transmite y cuál queda en segundo plano.

Según El Periódico de Aquí (edición Camp de Morvedre).

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